Dopamina bajo demanda
Entre la responsabilidad individual y el diseño adictivo| Escribe Sofía Domínguez
Introducción
Escuché por ahí que antes no existía la ansiedad, que nadie tenía depresión ni nada de eso, que son ocurrencias de ahora. Es algo que la gente grande repite bastante y que me llama particularmente la atención. Según la Organización Mundial de la Salud (2022)1, se calcula que un 4,4 % de la población mundial padece actualmente un trastorno de ansiedad. Ya no resulta extraño que uno de los grandes factores que amplifican sus síntomas sea el entorno digital, marcado por el flujo incesante de notificaciones y el scrolling constante, que genera una sensación de agobio, como si todo ocurriera al mismo tiempo y reclamara nuestra atención inmediata. De este contexto se desprende la idea de que debemos ser responsables, informarnos, estar al día. Pero, ¿hasta dónde llega realmente esa responsabilidad en nuestro consumo digital?
El espejismo de la libre elección
Consumir contenido en redes implica elegir qué ver, compartir o ignorar. Pero no podemos perder de vista que los algoritmos cada vez se refinan más, volviéndose más personalizados, y a fin de cuentas, nos terminan guiando inconscientemente. El contenido que nos recomienda termina siendo tan adecuado a nuestras preferencias que el efecto de gancho refuerza fuertemente nuestros hábitos de consumo compulsivo, en gran parte a partir de la liberación de dopamina. Hablando de la dopamina, estoy leyendo un libro de Adam Alter, en el que explica cómo esta manipulación tan sutil termina volviéndonos cómplices de nuestra propia “adicción” (Alter, 2017, Capítulo 3)2. Estas tecnologías diseñadas para ser adictivas, como las redes sociales, activan el sistema de recompensa del cerebro, similar a las drogas, lo que respalda la idea de que los algoritmos nos manipulan inconscientemente. Por lo que, ¿hasta qué punto somos realmente libres de elegir en términos de consumo en redes?
En el terreno pantanoso de las responsabilidades tendemos a mirar para otro lado. Porque es incómodo. No nos gusta caer en cuenta de que tenemos una cuota de compromiso en cuanto a nuestros consumos digitales, porque implica que tenemos que tomar acción sobre hábitos que, como personas adultas, usualmente son bastante difíciles de cambiar (sí, te hablo a vos, que no podés ir al baño sin el celular). Una de cal y una de arena. Es cierto que estamos batallando contra tecnologías que están literalmente diseñadas para que no podamos separarnos de ellas, para activar esos químicos cerebrales como la dopamina que te mencionaba antes y otros igual de poderosos, pero no por eso vamos a entregarnos al desgaste neuronal cotidiano… ¿o sí?
Por un lado, como individuos tenemos la agencia para establecer límites, por ejemplo desactivar las notificaciones. Por otro lado, no podemos hacer la vista gorda a los hechos: según Tristan Harris (2016)3, ex-ingeniero de Google, las apps utilizan técnicas tales como “recompensas variables”, así como las máquinas tragamonedas de los casinos, para enganchar a los usuarios. Su objetivo es convertirlos en “productos” para anunciantes. Esto resalta cómo los algoritmos personalizados agravan estos problemas y requieren intervención externa. Así, la responsabilidad termina siendo compartida (uff, que alivio): nosotros debemos ser conscientes, pero las plataformas necesitan reformas éticas para no explotar vulnerabilidades humanas. Este doble juego abre la discusión sobre el papel de las instituciones y organismos internacionales en la regulación de estas prácticas, un terreno donde informes como los de la OMS cobran relevancia al señalar la urgencia de transformar los sistemas de salud mental.
Cerebros hambrientos: la trampa de la novedad
Más allá de la ética y la regulación, me queda una pregunta de fondo: ¿qué pasa dentro de nuestro propio cuerpo cuando vivimos inmersos en esa avalancha de estímulos? La idea de que nuestro cerebro “pide” estímulos constantes me incomoda, porque “pedir” es un concepto demasiado abstracto. Lo que ocurre realmente es que los circuitos de recompensa buscan novedad: cada notificación, cada actualización, cada scrolling infinito activa el sistema dopaminérgico (Alter, 2017), reforzando el hábito de volver a mirar la pantalla (Wang et al., 2024)4. Daniel Levitin (2014)5 explica que esta sobrecarga informativa fragmenta la atención y nos obliga a recurrir a “cerebros externos” para compensar la fatiga cognitiva. En definitiva, el cerebro no necesita la sobreestimulación: se acomoda a ella, aunque sacrifica concentración y bienestar.
¿Qué impacto tiene esta adaptación en nuestra salud mental? Hace algún tiempo fui a una charla en la cual una psicóloga inició su ponencia diciendo: “¿Saben qué es la salud mental? Me da la impresión de que se extendió una idea generalizada de que la salud mental es un lugar al que tenemos que llegar, pero no es así.” Esa afirmación me dejó pensando. Porque, si bien la salud mental no es un destino fijo, la ansiedad y la depresión tampoco son ocurrencias modernas: son condiciones amplificadas por entornos digitales diseñados para mantenernos enganchados.
Mercaderes del bienestar: la monetización del vacío
Como resultado, se desprende una pregunta inevitable: ¿quién se beneficia de este mecanismo? Lo que parece un fenómeno neuroquímico, como la búsqueda de novedad y la respuesta dopaminérgica, se convierte en materia prima para un modelo de negocio. La ansiedad y la compulsión no son solo efectos colaterales: son capitalizados por sistemas que transforman nuestra salud mental en mercancía. Y hablando de mercancías, no puedo dejar de pensar en las aplicaciones para “desconectar”. Porque sí, pensaron también en la cura del mal que ellos mismos producen. Aplicaciones de mindfulness, recordatorios de tiempo en pantalla, cursos de bienestar digital. Todo viene presentado como la solución a la ansiedad que ya nos generaron.
Así, la salud mental se convierte en una mercancía, y el discurso del autocuidado se instrumentaliza como herramienta de marketing. Porque todo es una oportunidad de negocio, y la ansiedad y la compulsión también. Las plataformas monetizan tanto nuestra atención como nuestra necesidad de recuperarla, cerrando un círculo perfecto de dependencia. Y todo esto bajo la narrativa de la responsabilidad individual: “sé consciente”, “desactivá las notificaciones”, “usá nuestra app para relajarte”.
De analógicos a náufragos: el choque generacional
La paradoja de que las mismas plataformas que generan ansiedad ofrezcan la “cura” también pone en evidencia las brechas generacionales, que solemos pasar por alto. Pienso en mis padres, que crecieron sin teléfonos inteligentes y ahora luchan con esa sensación de “no poder parar”, como si fueran niños en un kiosco. Esa distancia se profundiza cuando los adultos experimentamos impulsos irracionales al intentar desconectar, ese deseo de revisar una notificación más, como quien patalea por no tener su juguete favorito. Mientras, los jóvenes nacidos en este mundo digital lo viven como algo normal, sin la misma lucha existencial.
Esta comparación revela una inmadurez colectiva en nuestra relación con la tecnología: demandamos más contenido como un niño que pide caramelos, incapaces de poner límites claros. Pero, ¿es inevitable permanecer en este estado, o podemos superarlo? La ironía de los algoritmos nos obliga a cuestionar: si las plataformas nos aconsejan desconectar, ¿por qué no regulan sus propios diseños? Creo que solo a través de un diálogo intergeneracional, con adultos reconociendo su dependencia y jóvenes proponiendo alternativas éticas, podremos transformar la brecha en un puente hacia un futuro más consciente.
Para ir cerrando…
Habiendo dicho todo esto, destaco que la ansiedad digital no es un invento reciente, sino el resultado de un entramado complejo entre biología, algoritmos y mercado. Nuestro cerebro se acomoda a la sobreestimulación, aunque el ajuste le cueste concentración y bienestar. Los entornos digitales amplifican esa fragilidad y la convierten en hábito; y las plataformas, finalmente, capitalizan tanto nuestra atención como nuestra necesidad de recuperarla. La paradoja es evidente: nos ofrecen desconexión mientras diseñan sistemas para que nunca podamos parar.
Instagram: _lunapan
Frente a este círculo de dependencia, la salida no puede ser únicamente individual. Requiere conciencia crítica, regulación ética y, sobre todo, diálogo intergeneracional. Porque si los adultos reconocemos nuestra dependencia y los jóvenes aportan alternativas más conscientes, la brecha puede transformarse en puente. Solo así podremos reclamar un futuro donde la tecnología acompañe, en lugar de invadir, nuestra salud mental.
En definitiva, no podemos perder de vista que somos responsables de nuestro consumo digital, y que los algoritmos también comparten la culpa al explotar nuestras vulnerabilidades. La sobreestimulación no es una necesidad cerebral, sino una trampa diseñada; la salud mental se ha convertido en un negocio contradictorio; y las brechas nos recuerdan que no estamos solos en esta lucha. ¿Estamos dispuestos a madurar colectivamente, o seguiremos atrapados en el mismo ciclo? Solo con acción conjunta podremos transformar esta dependencia en libertad consciente.
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https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/anxiety-disorders
Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology and the business of keeping us hooked. Penguin Press. (Capítulo 3, pp. [número de páginas, e.g., 50-70]).
https://medium.com/thrive-global/how-technology-hijacks-peoples-minds-from-a-magician-and-google-s-design-ethicist-56d62ef5edf3
Dopamine encoding of novelty facilitates efficient uncertainty-driven exploration” (Wang, Lak, Manohar & Bogacz, 2024).
Levitin, D. J. (2015). The organized mind: Thinking straight in the age of information overload. New York, NY: Plume, Penguin Random House LLC.







Me encantó este artículo🫶🏻 Ayer mismo me borre tik tok, eso hoy significó tener 3 horas libres más de lo usual, me da vergüenza admitir que note todo el día como el cerebro me pedía scrollear, consumir y usar el celular pero estoy haciendo un avance. También sobre la perdida de atención creo que todos la estamos sintiendo; por momentos mientras leía este artículo la cabeza me decía que solo lo lea por arriba y no "pierda tiempo", me resisto porque se que es la única manera de arreglar mi atención pero da miedo pensar que hay gente trabajando para crear sistemas adictivos con repercusiónes cognitivas. Gracias por seguir informando, me encantan sus artículos🩷🩷