El extraño mundo de las citas en línea
Amor digital | Escribe: Oriana Villagómez Mejías
Internet ha cambiado la manera en la que nos relacionamos entre nosotros. Ya sea a través de mundos virtuales complejos o en simples intercambios de mensajes en redes, es innegable el poder que tiene el mundo digital sobre nuestros vínculos. En un día normal, las relaciones humanas son bastante volátiles, pero ¿qué pasa cuando añadimos algoritmos a la mezcla?
Cada día, más personas recurren al uso de las apps de citas para encontrar a su pareja ideal. Solo en 2023, aproximadamente 366 millones de personas utilizaron apps de citas. Tinder, Bumble y OkCupid son algunas de las más populares, aunque existen aplicaciones de todas las variedades posibles. Boo, por ejemplo, se promociona como un servicio de citas y amistad para introvertidos; o Veggly, que es exclusiva para veganos. También existen complementos a las apps de citas, como Tea, pero hablaremos de eso más tarde.
La mayoría funcionan de forma similar: subes tus mejores foticos, algún que otro meme, y los más cultos suben fotos de sus gatos. Luego de escribir una biografía que te hace sudar más que la sección “sobre mí” del CV, ¡es momento de hacer match!
Ah, no, espera: primero hay que deslizar a la izquierda o a la derecha para filtrar a los candidatos ideales. Deslizar a la izquierda para descartar a alguien, a la derecha para abrir las puertas al amor, ¿o no?
El mundo de las citas es extraño; el mundo de las citas online, más. Cuando es tan fácil filtrar candidatos como lo es pasar la tarde haciendo doom scroll en redes, se deshumaniza nuestra forma de vincularnos. Las apps habilitan una realidad donde vemos al otro como una cara en un álbum de fotos o como un producto más en las góndolas del supermercado, y es fácil olvidarse de que, en algún momento, vas a tener que hablar.
Me ha pasado incontable cantidad de veces que hice match con alguien y luego me ghostearon al intentar iniciar una conversación. La mayoría de varones que usan apps de citas buscan algo de una noche; las mujeres buscan conexiones más duraderas, salir a merendar, hablar de sus cosas favoritas. ¿Pero quién rayos sabe ligar con mujeres? Yo no.
Amor líquido:
Todo esto es solo un espejo de la manera en la que tratamos nuestros vínculos como sociedad. Ya lo había dicho Bauman en su libro Amor líquido. Él propone la idea de “liquidez” como una metáfora para describir las relaciones humanas en tiempos de cibernética. Dice que nos encontramos desvinculados de los otros, pero también de nosotros mismos. Queremos que todo sea rápido; somos adictos a la inmediatez.
Si nada dura para siempre, ¿qué hace que el amor sea la excepción? Pero no es solo el amor lo que se pone en jaque frente al avance de las apps de citas como mediador para formar vínculos; también lo es la autopercepción de los individuos. Conozco a más de una que aterrizó en la madriguera de las apps de citas en su búsqueda por validación de algún tipo, o porque la psicóloga le pidió que saliera al mundo a hacer amigos.
Hay una lógica en las apps de citas que atenta contra la autoestima: te sientes menos valioso al darte cuenta de que, de las 600 personas que vieron tu perfil en el día, solo hiciste match con dos. Gracias a Dios no puedo ver esas métricas en mi perfil de LinkedIn.
Amor de acuerdo a tu valor:
Existe una dimensión única en las apps de citas como Tinder u OkCupid: el sistema ELO (o, como a mí me gusta llamarlo, The Hotness Scale), que es una métrica que, en base a cuántas veces alguien desliza tus fotos a la derecha, te asigna una puntuación, te pone en una escala y te empareja con gente que esté en ese mismo nivel. También toma en cuenta algunos factores adicionales, como la cantidad de veces que revisas la app en un día, a quién le das like y si tratas o no de hablar con tus matches.
Tengo dos cosas importantes para mencionar sobre esto. La primera es que, desde que esta información salió al público, el equipo de Tinder jura que modificó sus algoritmos para que los matches se formulen en base a gustos compartidos, lo cual es dudoso porque —segundo—, de acuerdo con un post de Reddit, al observar las búsquedas laborales de la empresa luego de 2019 (que es cuando todo lo de la escala ELO salió a la luz), es notable que reclutan programadores con experiencia en la construcción y mantenimiento de este tipo de algoritmos.
Lo que me sorprende es que hay grupos de Reddit, blogs y hasta canales de YouTube destinados a dar consejos para mejorar las interacciones de los usuarios con la escala ELO. ¿Cuándo lindx no es lo suficientemente lindx, qué haces?
OkCupid, por su lado, opera con un algoritmo similar, pero su escala supuestamente da más peso a las respuestas en común de la encuesta de como 300 preguntas que te dan al momento de registrarte (no, Juan Ignacio, no hace falta que respondas todas las preguntas de una sola vez; puedes responder dos el día que te registras y otras cincuenta el día que The Hotness Scale te declare feo).
Hay un artículo de CNN donde explican que las citas en línea ofrecen más oportunidades para ser rechazado, ya sea porque te ghostean, porque la cita salió mal o porque te llamaron fea luego de hacer match. Tu cerebro no puede distinguir entre dolor físico real —como golpearse el dedo chiquito del pie contra el borde de la mesa— y dolor emocional —como ser a quien dejan plantado un sábado por la noche—.
El caso Tea:
En tiempos de hiperconectividad, todos somos consumibles; nuestra soledad es moneda de cambio para la industria tecnológica. Solo la encuesta inicial para registrarse en una de estas webs representa una gran mina de información, eso sin añadir los datos biométricos que toman para verificar tu cuenta.
Hablando de verificación de datos biométricos, ¿se acuerdan de Tea? Más que una app de citas, Tea es un acompañamiento a las apps de citas: te registras, verificas tu identidad y ganas acceso a una app que te permite ver los antecedentes penales de los varones con los que deseas salir. También te permite revisar si están o no registrados como ofensores sexuales, y hay una sección de posteos en la que las usuarias publican las red flags o green flags de posibles pretendientes. La app se inventó como una solución a los problemas de seguridad típicos de las aplicaciones de citas, como gente que se hace pasar por alguien más, estafadores, malware y otras cositas turbias. ¿Hasta aquí todo bien, no?
Pues en agosto de este año, un grupo de hackers aprovechó una brecha de seguridad en Tea y robó fotos de miles de usuarias. Además de esto, las doxearon (o sea, publicaron sus direcciones en internet), y la cereza del pastel es que hicieron un mapa donde se puede ver con mayor claridad las direcciones de estas mujeres, todo esto en venganza por considerar que la app era demasiado “anti-machos”. Paradójicamente, Tea fue inventada por un hombre preocupado por la seguridad de su madre, una usuaria frecuente de las apps de citas.
Durante la elaboración de este artículo, volqué toda esta información en los oídos de mis dos mejores amigos. Ambos coinciden en que la implementación de un sistema ELO y doxear a mujeres solo porque no están seguras de querer una segunda cita son conceptos que acercan nuestra realidad a una distopía.
Las castas del amor digital:
Parece que el siglo XXI está más cerca de segregarnos en base a la belleza o a los gustos que en tiempos anteriores. Las apps de citas, en lugar de ayudarnos a encontrar el amor, solo nos clasifican en grupos de similares. Claro que una relación debe tener puntos en común, claro que en la pareja debe haber ideas afines, pero si la compatibilidad se basa en la fórmula “atractivo físico + gustos similares = amor”, estamos ignorando todas las otras cosas que componen una relación. En un sistema donde todo acaba completamente homogeneizado, donde no existen las fricciones que ejercitan y fortalecen nuestros vínculos y nuestro carácter, donde a la gente le da vergüenza admitir que encontró pareja en internet y siempre parece que hay algo que esconder, no estamos formando relaciones verdaderas. ¡Ni siquiera podemos argumentar que hay un potencial para eso, porque la mayoría se baja del tren tan pronto aparece la primera discusión!
Obviamente hay excepciones a esta regla. Las llamadas “Tinder Weddings” van en aumento: entre más gente use las apps, más chances hay de encontrar a alguien con quien puedas conectar. Conozco a una pareja casada, con una hija, que se conoció en Tinder, aunque uno de ellos admite que solo deslizó a la derecha porque “su foto parecía real”. Pero son justamente eso: una excepción, no la regla. Es la historia que te cuentan para que te hagas un perfil en una app y hagas match, no la experiencia de la mayoría.
Es un poco distópico querer crear comunidades en línea donde todos sean iguales y tratar de incorporar esa dinámica a la vida en pareja, donde el punto es ser un complemento, no una unidad despersonalizada.
El amor tiene muchos matices, muchas aristas. Reducirlo únicamente a qué tan atractivo eres, qué cosas te gustan y qué tan bien se llevan en la cama (porque, como dije anteriormente, un porcentaje significativo de quienes usan apps de citas busca principalmente encuentros sexuales de corta duración) es ignorar las pequeñas cosas que hacen del amor romántico algo sobre lo que vale la pena escribir poesías y canciones: los espacios del día a día, el “aunque hayas tenido un mal día, te puedo escuchar”, porque el amor está en los detalles.
Pero no todo está perdido. Estas tendencias desvinculantes le han dado un nuevo brillo a prácticas que parecían olvidadas, como la responsabilidad afectiva, que nos hace cuestionarnos: “¿La manera en la que te trato te afecta?”. Aunque sigue siendo más fácil ver las caras de Tinder, Bumble u OkCupid como desconocidos en la fila del súper que como gente que, por un segundo, pudo ser parte de mi vida, hay algo alentador en recibir primero un saludo, aunque sea como reconocimiento a medias de que un algoritmo creyó que podríamos llevarnos bien. ¿Vale la pena relegar interacciones que antes sucedían en pubs, bares o juntadas con amigos solo al mundo digital? En tiempos de desconexión, la mejor forma de resistencia es volver a la calidez del cara a cara y la conversación acompañada por una buena taza de café.
En respuesta a mi pregunta inicial: ¿qué sucede cuando sumamos algoritmos a las volátiles relaciones humanas? La respuesta es: se diluyen, dejándonos cada vez más solos que antes.
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